La IA está rompiendo reglas físicas y económicas más rápido de lo que pensábamos.
Alan Daitch

Cuando la IA rompe las reglas

Amazon vs Perplexity, robots de telepresencia que cruzan fronteras y data centers fuera del planeta.

9 de Noviembre, 2025 • Ver en el navegador

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🌩️ Editorial

IA que desborda: economía, cuerpos y órbita

Esta semana, tres noticias que parecen inconexas están contando la misma historia: la IA está rompiendo las reglas físicas y económicas que dábamos por sentadas. Y lo está haciendo más rápido de lo que pensábamos.

El juicio del siglo de la IA

Amazon demandó a Perplexity, una empresa que creó un agente de IA que compra por vos. Parece un asunto técnico, pero toca el núcleo del modelo económico que definió internet por dos décadas: vos buscás algo, y las plataformas deciden qué mostrarte primero según quién pague más. Amazon factura 56 mil millones de dólares al año solo por anuncios que empujan productos por encima de los mejores o más baratos. Google hace lo mismo con la búsqueda. El sistema está optimizado para que no encuentres lo que te conviene, sino lo que más le conviene a ellos.

Y hasta hace poco, la IA era su mejor empleada. Se usó para entender tus debilidades, maximizar tu atención y tu gasto. Recomendaciones, nudges, interfaces diseñadas para que vuelvas, compres y no compares. La IA ayudó a que vos seas el producto.

Pero los agentes de IA que trabajan para vos pueden romper eso. Un agente puede comparar precios en todos los marketplaces sin cansarse, leer miles de reviews en segundos, ignorar productos patrocinados y evitar trucos psicológicos. Si eso se vuelve común, el modelo publicitario que sostiene internet se desmorona. Por eso Amazon los bloqueó. Por eso esta demanda importa.

El timing no es casual. Justo ahora que los modelos de código abierto están alcanzando (e incluso superando) a los pagos. Esta semana, el modelo chino Kimi K2, según este benchmark, se posicionó primero en benchmarks globales, por encima de GPT y Gemini. Si cualquiera puede correr agentes así, sin depender de las grandes plataformas, la intermediación se rompe de verdad.

La disputa no es tecnológica: es quién decide por vos. Y Amazon acaba de mostrar sus cartas.

Los robots que podrían quebrar la economía global

Una empresa china mostró la semana pasada algo inquietante: robots imitando movimiento en tiempo real, pero controlados por personas, como se ve en este video. Tesla también se prepara con su propio modelo que, por ahora, solamente baila en eventos —mirá este clip— (pero cada vez mejor). No es ciencia ficción ni un prototipo de laboratorio: es telepresencia aplicada al trabajo físico.

No se trata de reemplazo total por robots autónomos, sino de algo más sutil: distribuir el cuerpo en un país y el trabajo humano en otro. Quebrar el vínculo entre territorio y salario.

Y ya está pasando. Hoy mismo hay cajeros de supermercados en Estados Unidos atendidos por trabajadores que están en Filipinas o México, controlando la caja desde una sala con pantallas y joysticks.

Durante décadas, la regla fue simple: para ganar un salario de un país desarrollado, tenías que vivir y trabajar ahí. La migración era el puente entre mano de obra y oportunidades. Pero cuando los trabajos físicos se pueden operar a distancia, esa regla se rompe.

Si eso escala a otros sectores, pasa algo totalmente distinto a lo que imaginamos cuando pensamos "una persona desde un país pobre puede ganar sueldo de país rico". En la práctica, lo más probable es lo contrario: las empresas van a pagar salarios globales de mercado más bajo, incluso para trabajos físicos que se ejecutan en países ricos.

El arbitraje laboral que antes solo existía en call centers y programación llega ahora a meseros, operarios, almaceneros, atención al cliente presencial y construcción. La pregunta ya no es si va a pasar. La pregunta es cuánto falta para que pase en escala.

Al infinito y más allá

Sundar Pichai, CEO de Google, quiere poner los data centers en órbita. Elon Musk prefiere la Luna y lanzó esta idea. Ninguno está bromeando.

La propuesta de Pichai tiene lógica: servidores bañados por el sol casi todo el tiempo, conectados entre sí por láser. Un data center que no necesita ríos para refrigerar ni paga la noche con apagones. Si la IA consume energía como si no existiera mañana, la solución es ir donde la energía sobra. Esto no es un tuit: es un proyecto con paper y prototipos planeados.

Musk, en cambio, tiró una imagen potente: computación cuántica en cráteres helados de la Luna. La lógica: allá hace frío y hay vacío, justo lo que los qubits necesitan. La realidad: no alcanza. La cuántica hoy requiere temperaturas cercanas al cero absoluto y mantenimiento constante. La Luna ayuda un poco, pero no resuelve lo difícil, y mandar técnicos a cambiar piezas a 380.000 km no es exactamente fácil.

Lo interesante no es quién tiene razón, sino lo que revela: estamos llegando al punto donde el límite para seguir avanzando en IA ya no es el software, es el planeta. Agua, energía, calor, espacio. La pregunta dejó de ser "¿más servidores?" y pasó a ser "¿dónde ponemos el cerebro de la humanidad?".

Tres historias. Un patrón: cuando la IA crece, las reglas viejas no alcanzan. Amazon lo sabe. Las empresas de telepresencia también. Y ahora, hasta la física terrestre se está quedando corta. Cada vez, suena menos absurdo mirar hacia arriba.

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Nos leemos pronto,

Alan

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